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500 textos fundamentales
Jorge Guerrero Valle

Cuando hablamos de la Liga Comunista Revolucionaria hablamos de un partido de la izquierda radical, como otros que encontramos en un período histórico tan decisivo y adulterado como la Transición española. Es el partido de ideología trotskista referente para este proceso y del cual surgen otros como la Liga Comunista, tras una escisión en 1973. Pero como historiadores debemos reconocerlo como un partido para ser usado como elemento de análisis del proceso histórico que vive.

El Crepúsculo del franquismo

La Liga Comunista Revolucionaria no es un partido que se construya coincidiendo históricamente con la Transición española, sino que se funda bajo la necesidad de encontrar una salida revolucionaria a la dictadura, sin ambages ni negociaciones, un partido puramente revolucionario que fundamenta su desarrollo teórico inicial y fundacional en unos valores y unas necesidades reflejadas en el que podemos considerar su texto fundacional El crepúsculo del Franquismo de Ernest Mandel. En este documento se identifica una crisis interna del régimen, debido ante todo al débil equilibrio que debe mantener para poder seguir avanzando, azuzado por las dificultades económicas que atraviesa, en comparación con el desarrollo de otros países del entorno, como podemos ver en el siguiente fragmento:

La crisis permanente que conoce el régimen franquista desde la explosión huelguista de 1962 refleja contradicciones fundamentales del capitalismo español, multiplicadas por los rasgos específicos de la dictadura militar-bonapartista en lenta descomposición. La expansión económica, que ha sido y sigue siendo real, es netamente marginal en relación a la de los demás países imperialistas industrializados [...] Las razones de este desarrollo espasmódico no son coyunturales sino estructurales: la debilidad persistente de la industria capitalista española en relación a sus competidores extranjeros, la gravedad de las tensiones sociales internas. La primera hace imposible una expansión persistente sin agravación de la balanza comercial, la segunda hace imposible una deflación persistente sin riesgo de explosión interna [...] En 1969, los países del Mercado Común han importado de España por un valor de 300 millones de dólares de productos alimenticios, y solo 260 millones de productos manufacturados. Han exportado a España por un valor de 1.175 millones de dólares de productos manufacturados y 55 millones de productos alimenticios[1]

En este fragmento se anticipa la necesidad del capitalismo español de buscar una salida consensuada del régimen, que permita la expansión del sistema capitalista más allá del encorsetamiento al cual estaba sometido. Era necesario un modelo de Estado y de mercado que se asemejara más al del resto de los países imperialistas de manera que se permitiera un avance. Después de numerosos años de autarquía, favoreciendo los intereses y aumentando las fuerzas de los grandes propietarios, el modelo necesitaba un cambio revolucionario, en su acepción más conservadora. En el siguiente fragmento Mandel se aventura a anticipar el modelo de cambio que se viviría en el Estado español:

Más allá de las divergencias reales que separan a las dos alas del franquismo, tienen pues un interés común: impedir una revolución social, contener un movimiento de masas que puede hacerse explosivo [...] se trata de saber cómo asegurar una industrialización acelerada sin que el proletariado, que cada vez es más numeroso, más joven y más combativo, luche por sus salarios y derechos que el capitalismo español es incapaz de concederle. Desmantelar la dictadura, es decir permitir al proletariado combatir más libremente no es más eficaz en este caso que reforzar la represión: el combate clandestino no puede ser casi canalizado y contenido más fácilmente que el combate legal o semilegal [...] y la represión en sí misma es incapaz de impedir este combate.[2]

Años convulsos, de la escisión a la unificación.

Inspirada por este análisis se funda la LCR, que todavía vivirá grandes cambios antes de los principales años de transformaciones de la Transición: la escisión de la LC. En mayo de 1972 el Comité Central (CC) decidió variar la orientación relativa a Comisiones Obreras y tener una actitud de participación y entrismo en la misma, como uno de los objetivos fundamentales para aumentar el nivel de conflicto en el área sindical. Desde el I Congreso la LCR apoyó no hacer trabajo político en CCOO asumiendo que eran organizaciones obreras poco rupturistas, que seguían un liderazgo propio del “carrillismo” y que, por tanto, se movían en un contexto que había que superar, para ello se apostó por la creación de órganos propios a la imagen de la izquierda radical[3]. Para el II Congreso la decisión estaba clara, había que trasladar al mundo sindical el posicionamiento político del Frente Único, para ello era obligado participar en CCOO ganando mayorías y arrastrando a la vanguardia, desplazando al PCE o al menos alejándolo de las posiciones “interclasistas” que mantenían y que debilitaban al movimiento emancipador.

En torno a esta decisión existían discrepancias con parte de la militancia, que finalmente rechazó llevar a cabo el mandato del CC. Se produce un cisma dentro de la LCR, algo que también ocurre en el seno de la IV Internacional, por otra serie de cuestiones, pero que engrosaron el conflicto a nivel estatal. Encontramos dos corrientes mayoritarias, por un lado estaría la LCR En Marcha (En Marcha), que representaba a la posición del CC y por lo tanto la posición mayoritaria dentro del partido; y por otro lado la LCR en la Encrucijada (Encrucijada) que sería ese sector minoritario que se posicionó en contra de la decisión tomada por el CC. Este desencuentro en la forma de intervención dentro de CCOO se representa en dos posicionamientos: el representado por En Marcha abogaba, fundamentalmente, por el desborde interno de las posiciones del PCE, empujando a la organización hacia posicionamientos más radicales; sin embargo, Encrucijada abogaba por limitar este movimiento a labores de propaganda, presión e influencia, pero con un menor compromiso al ver fuertes límites en una herramienta controlada por el aparato carrillista. Para intentar mantener unidad, el CC convoca el II Congreso de la LCR (diciembre de 1972), pero no se pudo desarrollar debido a que Encrucijada impugnó el proceso y lo boicoteó no acudiendo al mismo. La diferencia política era de carácter fundamental para la acción, lo que provocó la escisión del sector minoritario ante la falta de acuerdo: por un lado permaneció la LCR con los miembros de En Marcha (54.63% de la militancia) y por otro lado la Liga Comunista (LC) con los miembros de Encrucijada (45´47% de la militancia).

Tras esto se produce una recomposición de la LCR. El 14 de mayo de 1973 se publica un protocolo de acuerdo entre la LCR y ETA (VI), para impulsar la unidad de acción y debate entre ambas organizaciones. En diciembre de 1973 se celebran el III Congreso de la LCR y la VII Asamblea de la ETA (VI)[4]. La organización en el País Vasco mantendría su autonomía táctica y organizativa, aunque un futuro congreso debería ratificar la unión. En la práctica esta unión ya estaba hecha, pero no se produce oficialmente hasta ese congreso, el I Congreso LCR-ETA (VI) (IV Congreso de la LCR) que se llevó a cabo en 1976. Esa autonomía se reflejó también en las publicaciones; así a nivel estatal sigue editándose Combate, pero ahora también encontraremos Zutik! en el espacio de Euskadi.

Tras el asesinato de Carrero Blanco el 20 de diciembre de 1973 se desencadenó una ola de represión y venganza por parte de la dictadura. Las consecuencias en lo concreto, fueron presentándose como represión sobre la organización armada, sobre su entorno y sobre sus miembros. Con esto nos referimos también a miembros que ya no pertenecían a ETA, pero que eran reconocidos por las fuerzas de seguridad. De esta manera la represión no solo alcanzaba a la organización vasca, sino a los que eran militantes de la LCR desde el IV Congreso. Esa violencia se iba desencadenando contra los que llevaron a cabo el atentado y contra todas las fuerzas que en ese contexto se posicionaban en contra de la dictadura. Aquí encontramos un conflicto entre la LCR y el PCE, ya que la organización trotskista entendía que este último no se solidarizaba con las víctimas de la represión y no participaba en acciones respuesta.

La muerte del dictador y el IV Congreso: el inicio del proces.

En el IV Congreso se desarrollan debates de gran importancia, que constituirían la antesala de lo que serían las posiciones tácticas de la LCR ante la Transición. A nivel estratégico no había cambio, la Huelga General Revolucionaria (HGR) como salida de la dictadura. Pero se plantea la opción de debatir o acercarse coyunturalmente a fuerzas democráticas de la dictadura franquista, o más correctamente de la burguesía. Desde un primer momento se descartó al no considerarse viable, teniendo en cuenta que el análisis de las posiciones del PCE no hacían más que confirmar lo erróneo de esa táctica, como más adelante se vería durante la Transición. Pero del IV Congreso obtenemos datos de lo que significó a nivel político la fusión con ETA (VI). Se avanzó muchísimo en los debates relacionados con la cuestión nacional y colonial, ya que la experiencia y tradición de la organización vasca influenció de manera muy intensa en este respecto[5]. Así en 1974 se apoyó la ruptura democrática, con especial énfasis en el reconocimiento del derecho de autodeterminación, pero rechazando las alianzas con la burguesía. De esta manera la LCR no participó en las plataformas unitarias impulsadas por el PCE y el PSOE, tanto en las nacionalidades como en el Estado, manteniéndose firme en la defensa del frente único de trabajadores para avanzar hacia el socialismo[6]. Aquí encontramos la fundamental diferencia con los dos partidos mayoritarios de la izquierda tradicional que, aunque representaban a la izquierda del país de manera hegemónica, acabaron legitimando las reformas que hipotecaron los posicionamientos a nivel estratégico a largo plazo, avalando lo que se conoce como Régimen del 78. Ruptura-revolución o reforma-dictadura podría esquematizar la dicotomía existente.

Franco muere el 20 de diciembre de 1975, en este momento la LCR tiene claro cuál tiene que ser su papel en el proceso político que se abría. Las fuerzas del franquismo intentarían mantener sus privilegios aún después de la muerte del dictador, impulsando una transformación que hiciera posible en lo sustancial los deseos de la burguesía, un franquismo sin Franco. Para evitar esta salida, la LCR pensaba que era necesario un fuerte movimiento obrero capaz de generar una situación prerrevolucionaria la cual hiciera entender a la burguesía que la única opción era aceptar la legalidad del movimiento obrero y sus organizaciones, como única forma de evitar un enfrentamiento directo. Por ello había que combatir los posicionamientos de la oposición reformista, representada por el PCE y el PSOE, que fomentaban la creación de estructuras políticas de confluencia del movimiento de masas y sectores de la burguesía, haciendo el proceso compatible con el mantenimiento del Estado burgués y del capitalismo[7].

Podemos identificar las bases con las que la LCR llega a enfrentar este período: la respuesta es la Huelga General Revolucionaria, como modelo de confrontación y superación del Estado; es fundamental generar el Frente Único de los Trabajadores, la unión de todos los revolucionarios como elemento clave para ganar las mayorías sociales y generar una correlación de fuerzas favorables que permita el primer punto; el objetivo es desbordar el franquismo, con o sin Franco, desde la calle; no se cree, bajo ningún concepto, en la oposición burguesa como interlocutor válido en ningún contexto, lo que marca las profundas diferencias con la oposición reformista. Uno de los factores que impulsa este análisis es la lectura de la fuerte conflictividad social que tiene lugar en Euskadi.

Sucesos de Vitoria

La Liga Comunista Revolucionaria se posicionó desde el primer momento en contra de la Transición tal y como se planteaba. Asesinatos de Estado como los sucesos de Vitoria, no consiguieron más que fortalecer sus posicionamientos en contra de la misma. Era necesaria una posición fuerte contra el proceso. Este tipo de actuaciones dejaba claro que no era creíble la Transición ni ningún tipo de pacto político con la burguesía. La LCR entendía que la única opción era el Frente Único de todos los partidos y organizaciones obreras, ya que, a su juicio, la historia probaba que los pactos con la burguesía y los poderes fácticos no eran más que frenos al cambio[8].

Se contempla la necesidad y la oportunidad que aparecían. Estos sucesos debían tener una respuesta contundente desde la calle, lo que a su vez ofrecía la oportunidad de generar una situación de desborde que se extendiera por el resto del Estado. Pero a la hora de la verdad, aunque hubo una fuerte contestación, ésta fue aislada. No se produce la expansión que se había presupuesto, el conflicto se desarrolla, fundamentalmente, en Euskadi. El PCE-PSOE realiza un movimiento que aún debilita más las posiciones de respuesta y levantamiento: fundan Coordinación Democrática. El movimiento se va desinflando hasta que finalmente lo que se expande es la desmoralización entre las filas obreras.

En este contexto se produce otro hecho que ejerce una dura presión sobre la LCR y sobre la izquierda radical en su conjunto, más allá de la fundación de Coordinación Democrática, la aparición de Adolfo Suárez. Este nuevo actor ejerce un impacto verdaderamente fuerte sobre la oposición rupturista, fomenta la aparición de un contexto nuevo, lo que deja a la LCR con el paso cambiado. Lo que se abre es un escenario en el que la oposición pactista (la mayoritaria) se une en pos de la apertura del proceso de transición, la figura de Suárez ejerce un papel de protagonismo como figura que representa el consenso y, seguidamente, continuadas reformas de gran impacto en la sociedad civil. En resumen, una relativamente rápida ofensiva, apoyada política y culturalmente.

La Ley para la Reforma Política

Durante la campaña del Referéndum de la Ley para la Reforma Política (15 de diciembre de 1976) la LCR trabajó en su contra llamando a la abstención con la intención de deslegitimar el proceso. Los discursos al respecto criticaban que no se podía compartir un proyecto que se desarrollara desde el mismo Régimen, con sus leyes y sus lógicas, ya que, para la LCR, era evidente que las transformaciones propuestas no molestarían en absoluto al poder establecido. Pensaban que para romper con la dictadura había que hacerlo desde abajo y no desde la institución franquista, ya que esto provocaría que la democracia naciera hipotecada. Las críticas en estos momentos se dirigían de manera directa hacia el PCE y el PSOE. No participar deslegitimaba el proyecto, y aunque los dos partidos anteriormente citados llamaban también a la abstención, tenían de facto una actitud diferente: mientras que la LCR llamaba a la vez a la movilización en las calles, ellos según la LCR, lo hacían de manera pasiva, sin movilización, sin alternativa. La crítica fundamental era que mientras que se intentaba fortalecer la autoorganización del pueblo con el objetivo de promover un proceso constituyente de base, el PCE y el PSOE, marcaban las distancias con el Régimen pero asumían de facto sus tiempos y sus estrategias[9]. Era necesario un boicot activo y consciente. Igualmente esgrimieron una serie de reivindicaciones contra el modelo que se estaba configurando. Entre ellas encontramos el rechazo a las medidas del gobierno y la reivindicación de la amnistía, la legalización inmediata de todos los partidos y organizaciones obreras y populares, la autodeterminación de las nacionalidades, la celebración de elecciones a una Asamblea Constituyente y la restauración de la República como forma de Estado, la disolución de los cuerpos represivos y responsabilidades por los crímenes cometidos contra el pueblo, como principales demandas. Estas reivindicaciones anticipan los movimientos del bloque reformista en la Transición. Finalmente el día del referéndum los resultados fueron los siguientes: dentro de los electores 22.644.290, participaron en el mismo un total de 17.599.562 votantes. Los votos a favor fueron abrumadores: 16.573.180; en contra 450.102; en blanco 523.457; y nulos 52.823[10].

Vemos tres reivindicaciones que nunca llegaron a cumplirse. Cuestionaban la legitimidad del Rey como Jefe de Estado, al ser designado por Franco, y entendían que la única forma de salir de la Dictadura era abrir un proceso en el que los que hubieran cometido delitos durante la misma fueran juzgados. Y una tercera cuestión, la disolución de los cuerpos represivos, la depuración de la Judicatura y el desmantelamiento de la administración franquista.

Elecciones de 1977

El 15 de junio de 1977 se desarrollan las primeras elecciones generales en democracia. Para esta cita la LCR tenía muy claro que debía desarrollar las líneas que se habían acordado durante los diferentes congresos de la organización. Esto se traducía en la necesidad de enmarcarse en una candidatura unitaria, que reuniera a todos los revolucionarios del Estado español. Para ello se establecieron contactos con distintas organizaciones de la izquierda radical como la ORT, el MCE, el PTE, POUM, OIC, entre otros. De todos ellos solo se generaron contactos más serios que desembocaron en una candidatura con POUM, OIC y Acción Comunista[11].

La propuesta de la LCR consistía en la elaboración de un programa base, consensuado entre todas las organizaciones, pero teniendo en cuenta que durante la campaña y en el desarrollo normal de sus políticas, cada organización podría defender su propio programa. Acordar un programa de mínimos y respetar la libertad de la defensa de las propuestas propias[12]. En la práctica la situación fue muy complicada, teniendo lugar una de las cuestiones principales que nos permiten entender las problemáticas de la izquierda radical en este periodo: la inmensa mayoría de los contactos fueron un fracaso. Las organizaciones tenían una profunda confianza en sus capacidades y en sus propuestas, estaban convencidos de que los resultados que se iban a obtener en las elecciones serían suficientes aún acudiendo en solitario. Realizaban una traslación directa entre la lucha que vivían en su día a día y la repercusión electoral que se podía llevar a cabo en unas elecciones. Por no hablar de otras organizaciones como la Liga Comunista que directamente propuso el boicot. Fue posible crear una plataforma unitaria para las elecciones, pero compuesta exclusivamente por POUM, OIC, Acción Comunista y la LCR. La coalición de partidos a la que dio lugar fue el Frente Unitario de Trabajadores (FUT) y el resultado obtenido pésimo. La unidad real entre los diferentes componentes no fue suficiente, además algunos como Acción Comunista tuvieron un compromiso nulo, llegando a desligarse de la campaña y llamando al boicot con la abstención el día de las elecciones. El FUT se presentó en 13 provincias y los votos obtenidos muy por debajo de lo esperado: 41.208 votos.

Los resultados generaron inercias negativas dentro de la organización, que acabó haciendo mella con la pérdida de militancia desmoralizada, concretamente aquellos que habían recalado en la organización en las últimas etapas, en las que la lucha y el ánimo estaba de manera generalizada, en un momento de alza. Además encontramos un análisis que nos permite observar en qué punto se encontraba la LCR. Se reconocía que en el Parlamento existía una virtual mayoría obrera, representada por partidos que no tenían posicionamientos rupturistas en sus prácticas, pero que se situaban a la izquierda del tablero político, esas organizaciones eran el PSOE y el PCE, pero esto no se traducía en las transformaciones necesarias en el Estado. De esta manera se llegaba a la conclusión de que la base social tenía un gran potencial, pero que las organizaciones mayoritarias estaban en otro punto completamente diferente.

La Ley de Amnistía

El 17 de octubre de 1977 se aprueba la Ley de Amnistía, que la LCR ve completamente insuficiente. La lectura que hace la organización la podemos ver en un artículo de Combate llamado “No es amnistía total”[13], donde se enumeran una serie de cuestiones por las que no pueden apoyar la Ley. Consideran que no es una amnistía total en relación con lo que solicitaban los movimientos de base, así como que la amnistía se iba a desarrollar en tres fases: el 15 de diciembre de 1977, el 15 de junio y el 6 de octubre de 1978. Asimismo critican que no se comprendiera dentro de la amnistía a las mujeres acusadas por incumplir la ley franquista de Peligrosidad Social, que incluía delitos como los de adulterio y el aborto, así como a los homosexuales y otras minorías sociales perseguidas por la Dictadura. Por otro lado, hace referencia a los militares, a las personas que están en la cárcel acusados de prófugos o desertores, por no querer participar en un ejército que consideraban antidemocrático y que vulneraba los derechos civiles. Igualmente, se refieren a los militares que permanecieron fieles a la República o que se posicionaron a posteriori contra el régimen, para los que la LCR pide, no sólo que se les libere, sino que se les reincorpore a las Fuerzas Armadas de manera equiparable a la categoría que les fuera propia según sus promociones.

Los Pactos de la Moncloa

En lo referido a los Pactos de la Moncloa (octubre 1977) la LCR ve en ellos “la puesta en marcha de una política de austeridad bajo consenso activo del PCE y del PSOE y las direcciones sindicales mayoritarias así como que ha detenido el carácter progresivo de mejoras cada vez más amplias de las condiciones de vida y de trabajo de los trabajadores, además de que tuvo efectos de apisonadora sobre los sectores más combativos[14]. En un artículo de Combate titulado “¿Contrapartidas al pacto?”[15], señalan los puntos que ven más críticos, considerando que estos pactos no son más que una manera de sofocar la agitación en las calles, prolongando la salud del gobierno de Suárez. A la vez que se presentan como concesiones lo que realmente habían sido logros del movimiento obrero, obtenidos precisamente por la movilización social, que se perderían si no se mantenía la tensión en las calles.

Respecto a la política presupuestaria la LCR denuncia una bajada del gasto del Estado y de la Seguridad Social, algo que critican debido a que el gasto ya era inferior al del resto de los países del entorno. También rechazan la Reforma Fiscal como insuficiente, al entender que la mayor presión sigue recayendo sobre las rentas más bajas, y sobre las clases populares. En cuanto a la Seguridad Social (S.S.) critican la reducción de los costes de trabajo para las empresas mediante un menor crecimiento de las cuotas, lo cual identifican como un descenso dentro de las partidas que van a engrosar a la propia S.S., y reivindican un progresivo control social de las prestaciones. En lo relativo al empleo se indicaba que los medios aportados eran insuficientes para lograr los objetivos que se marcaban. Por último, hacen referencia a lo que denominan “contrapartidas de fondo”, cuestiones que van desde la escolarización plena hasta medidas para impedir la especulación del suelo, y que a juicio de la LCR quedan en el aire. En suma, para la organización los Pactos de la Moncloa no son más que una manera de ganar tiempo para que la UCD pudiera continuar con sus reformas, lo que a corto plazo quizá pudiera tener ciertos efectos positivos, pero que a medio plazo le aseguraba al Gobierno la connivencia de los partidos mayoritarios de la oposición y por tanto una desmovilización de “la calle”.

V Congreso y reunificación. Constitución de 1978

En 1977 se produce la reunificación de la LCR y la LC, decidido por el Comité Central de ambas organizaciones. Se formaliza en el V Congreso celebrado en octubre de 1978. En este Congreso se aborda la posición que la organización unificada tendrá en el Referéndum de la nueva Constitución. Concluyen que las fuerzas que rigen el desarrollo de la Transición son, sin duda, las burguesas y que esto estaba permitiendo el mantenimiento de una parte fundamental del aparato de coerción, heredero de la dictadura, al tiempo que se habrían producido importantes recortes en el ejercicio de libertades y derechos, especialmente en el ámbito sindical. El papel del Rey era otra de las cuestiones que preocupaba profundamente a la organización, ya que el proyecto de Constitución le otorgaba grandes poderes heredados del franquismo. Estos poderes, especiales en un contexto democrático, serían controlados tan solo por el Parlamento y de una manera muy débil, ya que la figura del Rey se consideraba inviolable y no responsable de sus actos.

La apuesta de la LCR seguía siendo la misma, el Frente Único contra las facciones francoburguesas, para ello era necesario la elaboración de una reivindicaciones en torno a un programa de “medidas anticapitalistas de transformación global de la economía. Para la organización era evidente que la posibilidad de abordar estas medidas solo sería pensable sobre la base de la formación de un gobierno del PCE y el PSOE que se apoyara en la movilización activa de los trabajadores y se decidiera a hacer frente a UCD y AP[16]. Este punto es fundamental para entender el posicionamiento del momento y se extrae de la realidad parlamentaria tras las elecciones de 1977 que aquí no tratamos. Aún así, la segunda parte de la tesis, la relativa al PCE y al PSOE, entra en contradicción con los propios análisis de la LCR sobre el papel de esas dos organizaciones tachadas continuamente de colaboracionistas.

En noviembre de 1978 la LCR expone las razones por las que rechazan la Constitución[17]. Como se ha dicho, les preocupaba los amplios poderes que la Carta Magna otorgaba al Rey como Jefe del Estado, que puede presidir los Consejos de Ministros, y entre otras cuestiones, también el hecho de que el Gobierno pudiera adoptar medidas a través de Decreto-Ley. Asimismo señalan la amenaza contenida en los apartados referidos a la unidad territorial del Estado, donde se establece que podría usarse al ejército en momentos en que peligre esa unidad. También ven como una carencia que no fuera posible tener espacios reconocidos para proponer referéndums sobre determinadas propuestas de ley y para la reforma Constitucional, así como la prohibición del derecho de sindicación para los miembros de las Fuerzas Armadas. Por otro lado, advierten que los derechos de reunión y de manifestación pueden restringirse cuando los gobernadores civiles lo consideren adecuado si ven peligro para el orden público. Para la LCR, el derecho a la autonomía se concibe como una mera descentralización de competencias administrativas, que pueden ser retiradas si en algún momento el Estado considera que debe hacerlo. Denuncian que AP y UCD han conseguido que la reivindicación del derecho al aborto pudiera ser declarada anticonstitucional, lo que según sus cálculos dejaba en la ilegalidad a más de 400.000 mujeres. Por último, veían discriminatorio el trato de favor que recibía la Iglesia Católica, especialmente en el ámbito de la educación, mediante el respeto a los centros privados. Finalmente el referéndum obtiene los siguientes resultados: de los 26 millones y medio de españoles que tenían que votar, sólo 15 millones y medio lo hicieron favorablemente, cerca de 11 millones de ciudadanos no la apoyaron, dentro de los cuales 9 millones ni tan si quiera hicieron uso de su derecho[18]. En lugares como Gipuzkoa, Bizkaia, Ourense y Lugo la participación no alcanzó el 50%, en la Comunidad Autónoma vasca el apoyo no logró llegar a la mitad del censo llamado a las urnas.

Concluyendo.

La LCR continuó con su lucha hasta la unificación con el Movimiento Comunista (MC) en 1991. Durante estos años se enfrentan a diferentes conflictos y siguen planteando alternativa al sistema imperante. En esta nueva etapa es central la lucha contra el militarismo, especialmente con su posicionamiento frente al servicio militar obligatorio (la “mili”) y contra la OTAN. Pero nosotros en este trabajo nos hemos circunscrito a las principales reformas de los años centrales de la Transición, por ello hemos dejado de lado los hechos acaecidos entre el referéndum de la Constitución de 1978 y la unificación con el MC en 1991.

Lo fundamental del análisis de sus pronunciamientos en las principales reformas de los años de la Transición es, que constituyen un precedente de la crítica política que ha renacido en el tiempo presente con la crisis del sistema político pactado en aquellos momentos. Para poder comprender el tiempo presente se nos antoja primordial estudiar los actores silenciados que representan el primer eslabón de la disidencia y la protesta, para acabar con ese silencio y reconocer su posición en nuestra historia reciente. La LCR es una de esas organizaciones políticas que debemos estudiar porque pueden ayudarnos a comprender la gestación, y también las debilidades, del actual sistema político.

Analizando el recorrido de la LCR, podemos observar un elemento central en la confrontación de dos modelos dentro de la oposición al franquismo: la izquierda radical contra la oposición reformista. Como se ha ido señalando a lo largo de este trabajo se presentan dos opciones, la ruptura de los revolucionarios frente a la ruptura pactada. La primera es la defendida por la izquierda radical y, en este caso en concreto, por la LCR. En este modelo lo que se busca es el desborde de la dictadura, en primer lugar derrocando al dictador a través de las luchas obreras en las calles, haciendo fuerza con el conjunto de los trabajadores y trabajadoras. Más tarde, con la muerte del dictador y con el comienzo de las reformas se sigue manteniendo este posicionamiento, aunque quizás menos claro debido a la rápida mutación de las bases sociales y a la grandísima capacidad de influencia del régimen que se estaba construyendo desde el seno de la dictadura. La propaganda, los cambios culturales y la profunda aportación de las organizaciones colaboracionistas, hacen prácticamente imposible el desarrollo de la alternativa de los rupturistas. La segunda es la defendida por el PCE y el PSOE, aunque nos interesa más el protagonismo del PCE, ya que la influencia que tenía dentro de las masas obreras era muy superior a la del PSOE, independientemente de que no hubiera una traslación directa en éxito electoral. Nos referimos a las bases más avanzadas dentro de la lucha obrera y no tanto a las grandes masas sociales del Estado español, al menos dentro del espectro de influencia real que tiene la LCR. En este modelo el PCE siempre abogó por el pacto y por la coordinación con las fuerzas de la oposición burguesa, incluso con las fuerzas internas del régimen franquista que buscaban una salida garantista para sus privilegios. Estas son cuestiones que nos quedan muy claras al ver reformas como la Ley de Amnistía o la misma Constitución.

El posicionamiento de la LCR hacia el sector reformista se mantiene inmutable a lo largo de los años, fundamentalmente, como hemos dicho, con el PCE. Se les acusa continuamente de debilitar a las luchas para mantener espacios de negociación operativos con el Régimen. Uno de los ejemplos puede ser la existencia de la Junta Democrática o, más adelante, en un contexto en el que existía un momento de profundización de los conflictos, la creación de Coordinación Democrática. Del mismo modo, en sintonía y lógico desarrollo de las actuaciones, existe un enfrentamiento directo por la defensa de los represaliados. La LCR siempre mantuvo posicionamientos de defensa incondicional de los represaliados por el franquismo, e insistía en que el PCE se mantenía de perfil en función del contexto concreto y de la necesidad que tuvieran de marcar las diferencias con los elementos más radicales y comprometidos con la ruptura.

El modelo de la ruptura tenía una serie de necesidades fundamentales a cumplir para poder tener éxito, entre ellos el de lograr la iniciativa en los momentos más determinantes que son los que nos han ocupado. Para ello la clave radicaba en lograr la unidad de la vanguardia revolucionaria, de los sectores más comprometidos con la ruptura y con una salida revolucionara. Aunque la LCR siempre trabajó en esa dirección fue completamente imposible, por diversas cuestiones. Hemos podido ver un ejemplo en las elecciones de 1977, en el que era evidente que algunas organizaciones de la izquierda radical no tenían intención de supeditar parte de su autonomía a la obtención de un número mayor de activos. Para algunas de estas organizaciones se antojaba posible la obtención de una correlación de fuerzas favorable sin la necesidad de llegar a esa colaboración estrecha con el resto de los revolucionarios. Un ejemplo más concreto de esto se da en 1973 cuando la LCR intenta una unificación con PCI, ORT, PT y MC con el objetivo de superar al PCE en su influencia en las luchas y en las organizaciones obreras, como CCOO, o los movimientos sociales; y evitar así el aletargamiento que estaba provocando el PCE para frente a ello mantener y aumentar la tensión en las calles. Al igual que en 1977 no fue posible, salvo en el caso de ETA VI.

Con la derrota de este modelo se fragua un triple consenso entre el régimen y los reformistas: un consenso por el pasado representado por la Ley de Amnistía, que liberó a los franquistas de todas sus responsabilidades, de sus delitos contra los Derechos Humanos y que aún a día de hoy los blinda contra la acción de la justicia; un consenso por el presente, con los diferentes pactos con la oposición reformista, que hacía muy difícil o imposible superar la influencia casi incontestable de todos los instrumentos del Estado y que además, desarrollaba acuerdos concretos que facilitaban transformaciones que no hacían más que colocar las vías por las que tenía que pasar la Transición, como los Pactos de la Moncloa; y un pacto por el futuro, que no es más que la aprobación de la Constitución como un sello de garantía del régimen, poniendo el candado a cualquier posibilidad de cambio profundo.

Finalmente, hay tres cuestiones que pueden resumir el conjunto del período según la experiencia de la LCR: existe una recuperación de la iniciativa por parte de la burguesía a medida que avanzan las reformas, sin que podamos aventurarnos a decir que alguna vez la perdiera, pero admitiendo que existen distintos puntos en los que hubo la oportunidad de arrebatársela o que, al menos, estuvo en disputa; el papel colaboracionista de la oposición reformista, que se traduce en una dificultad casi insalvable y que, en cierto modo, llegaba a inutilizar las líneas de trabajo de la izquierda radical; y por último, las limitaciones de las luchas, influenciadas por el punto anterior, así como de manera muy determinante por las divisiones dentro de los revolucionarios, algo que impedía agrupar a las fuerzas rupturistas.

6/06/2017

Jorge Guerrero Valle, Universidad de Cádiz

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[1] Mandel, E., “El crepúsculo del Franquismo”. Viento Sur, nº 84, 2006, p. 84.

[2] Idem.

[3] Comité Central LCR (1972), Sobre táctica en el movimiento organizado. Combate, nº 10, 18 junio 1972, pp., 3-7. [http://cdn.vientosur.info/Capitulo%...]

[4] Bensaïd, D. (2008), Trotskismos, Madrid, El Viejo Topo, p. 135.

[5] Caussa M. y Martínez i Muntada, R. (eds.), Historia de la Liga Comunista Revolucionaria (1970-1991). Madrid, La Oveja Roja, 2014, p. 31.

[6] Idem, p. 282.

[7] Editorial, “No al franquismo sin Franco”. Inprecor, nº 37, 13 de noviembre de 1975,p. 32. [http://cdn.vientosur.info/Capitulo%...]

[8] Buró Político LCR, “Declaración del Buró Político de LCR-ETA (VI): Vitoria, hermanos, nosotros no olvidamos”. Combate, nº 47, 13 marzo de 1976. [http://cdn.vientosur.info/Capitulo%...]

[9] Editorial, Boicot al referéndum franquista. Combate, nº 62, 1976. 16 de noviembre de 1976.[http://cdn.vientosur.info/Capitulo%...]

[10] Referéndum sobre el Proyecto de Ley para la Reforma Política [Web]. Congreso.es. Recuperado el 21 de noviembre de 2016 en: http://www.congreso.es/consti/elecc...

[11] Caussa, M. y Martínez i Muntada, R. (eds.) Historia de la Liga… ob. cit. p. 71.

[12] Equipo de Cartografías de Culturas Radicales, Memoria de combate (Auto) biografía oral de Miguel Romero, Moro. Madrid: Ediciones Contratiempo, 2014, pp. 91-93.

[13] Sin firma, “No es Amnistía Total”. Combate, nº 82, 19 de octubre de 1977. p. 4. [http://cdn.vientosur.info/Capitulo%...]

[14] V Congreso de la LCR, Situación y perspectivas, Resoluciones del V Congreso, octubre de 1978, Anexo, p. 16.

[15] Editorial, ¿Contrapartidas al Pacto? Combate, nº 83, 26 de Octubre de 1977. [http://cdn.vientosur.info/Capitulo%...]

[16] V Congreso de la LCR, “Las tareas de los marxistas revolucionarios en el periodo actual”, Resoluciones del V Congreso, octubre de 1978, Anexo, p. 21.

[17] Liga Comunista Revolucionaria, “Vota no” [panfleto], 1978. [http://cdn.vientosur.info/Capitulo%...]

[18] Referéndum sobre el Proyecto de Constitución [Web] Congreso.es. Recuperado el 21 de noviembre de 2016 en:

http://www.congreso.es/consti/elecc...

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